
En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Mormones) no se práctica la poligamia desde 1890, cuando las autoridades norteamericanas promulgaron leyes que impedían que un hombre podía tener más de una esposa, hecho que hasta esa fecha era permitido.
Quienes si practican la poligamia son los miembros de la Fundamentalista Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que dirige el señor Warren Jeffs, quien guarda prisión en Estados Unidos por violación e inducción al incesto. En esta secta las autoridades norteamericanas rescataron 52 niñas que vivían recluidas en un rancho en Texas.
Tal vez usted se pregunte en qué creen los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Algunas de las creencias de los miembros de la Iglesia son:
Dios es nuestro Padre Celestial. Nos ama y desea que regresemos a vivir con él.
Jesucristo es el Hijo de Dios; el es nuestro Salvador y nos redime de la muerte debido a la resurrección. Él nos salva del pecado a medida que nos arrepentimos.
Por medio de la expiación de Jesucristo, podemos volver a vivir con Dios si es que guardamos Sus mandamientos.
El Espíritu Santo nos ayuda a reconocer la verdad.
Los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son fe en Jesucristo, arrepentimiento, bautismo y la recepción del Espíritu Santo.
La Iglesia de Jesucristo ha sido restaurada a la tierra.
La autoridad del sacerdocio de Dios está presente en Su Iglesia de hoy así como lo estuvo en la Iglesia original.
La Biblia y el Libro de Mormón son la palabra de Dios.
En la actualidad Dios revela Su voluntad a los profetas del mismo modo que lo hizo en la antigüedad.
Nuestra vida tiene un propósito sagrado.
Las familias pueden estar juntas para siempre.
Por medio del servicio a los demás experimentamos gozo y nos acercamos a Dios.
La familia: Una proclamación para el mundo
La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Nosotros, la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, solemnemente proclamamos que el matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y que la familia es la parte central del plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos.
Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos. El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal y eterna.
En la vida premortal, los hijos y las hijas espirituales de Dios lo conocieron y lo adoraron como su Padre Eterno, y aceptaron Su plan por el cual obtendrían un cuerpo físico y ganarían experiencias terrenales para progresar hacia la perfección y finalmente cumplir su destino divino como herederos de la vida eterna. El plan divino de felicidad permite que las relaciones familiares se perpetúen más allá del sepulcro. Las ordenanzas y los convenios sagrados disponibles en los santos templos permiten que las personas regresen a la presencia de Dios y que las familias sean unidas eternamente.
El primer mandamiento que Dios les dio a Adán y a Eva tenía que ver con el potencial que, como esposo y esposa, tenían de ser padres. Declaramos que el mandamiento que Dios dio a Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece inalterable. También declaramos que Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación se deben utilizar sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa.
Declaramos que la forma por medio de la cual se crea la vida mortal fue establecida por decreto divino. Afirmamos la santidad de la vida y su importancia en el plan eterno de Dios.
El esposo y la esposa tienen la solemne responsabilidad de amarse y cuidarse el uno al otro, y también a sus hijos. “He aquí, herencia de Jehová son los hijos” (Salmos 127:3) Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus hijos dentro del amor y la rectitud, de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a amarse y a servirse el uno al otro, de guardar los mandamientos de Dios y de ser ciudadanos respetuosos de la ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres, serán responsables ante Dios del cumplimiento de estas obligaciones.
La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos tienen el derecho de nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad completa. Hay más posibilidades de lograr la felicidad en la vida familiar cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y mantienen sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón, el respeto, el amor, la compasión, el trabajo y las actividades recreativas edificantes. Por designio divino, el padre debe presidir sobre la familia con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la vida. La responsabilidad primordial de la madre es criar a los hijos. En estas responsabilidades sagradas, el padre y la madre, como iguales, están obligados a ayudarse mutuamente. Las incapacidades físicas, la muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual. Otros familiares deben ayudar cuando sea necesario.
Advertimos a las personas que violan los convenios de castidad, que abusan de su cónyuge o de sus hijos, o que no cumplen con sus responsabilidades familiares, que un día deberán responder ante Dios. Aún más, advertimos que la desintegración de la familia traerá sobre el individuo, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por los profetas antiguos y modernos.
Hacemos un llamado a los ciudadanos responsables y a los representantes de los gobiernos de todo el mundo a fin de que ayuden a promover medidas destinadas a fortalecer la familia y mantenerla como base fundamental de la sociedad.
El presidente Gordon B.Hinckley leyó esta proclamación como parte de su mensaje en la Reunión General de la Sociedad de Socorro, el 23 de septiembre de 1995, en Salt Lake City, Utah, E.U.A.